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LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Asunta
Ascender en cuerpo y alma
a la celeste región
como invitando en su vuelo
a una superación.

Virgen asunta, nacida
para la gloria y la luz,
en la altitud de tu vuelo
acércanos a Jesús.
Francisco Orellano

      Conmemoración 15 de agosto

"Llevada al cielo, intercede cada día
por los discípulos de su Hijo"
CV. II

María  es  llevada  en  cuerpo  y alma gloriosos al  cielo y allí  es ensalzada por el Señor como Reina y Señora de los cielos t la tierra.

PRONUNCIAMOS, DECLARAMOS Y DEFINIMOS QUE ES DOGMA RE
VELADO  POR  DIOS:  QUE  LA IN- MACULADA  MADRE  DE  DIOS,  SIEMPRE  VIRGEN MARÍA,  CUM- PLIDO EL CURSO DE SU VIDA TE- RRESTRE  FUE  ASUMIDA  EN
CUERPO  Y ALMA  A  LA  GLORIA
CELESTIAL"
(1950)

María es la realización acabada del hombre redimido por Cristo y en la asunción se pone de relie-
ve el destino del cuerpo humano santificado por la gracia.
María es la bendita entre todas las mujeres, esta bendición que dignifica a María manifiesta la dig
nidad de la mujer que "debe ser valorada mucho más y más apreciadas sus tareas sociales que se es
tán definiendo más claras y ampliamente".

No conocemos totalmente  las características concretas  de la participación del cuerpo en la resu-
rrección final. Pero esto ya se realizó en la Virgen asunta a los cielos,  quien participa plenamente de los frutos de la Resurrección de Jesús, muestra de la eficacia de la gracia que alcanza también a la realidad material del cuerpo.

Ella existe ahora en un estado de glorificación corporal plena. La Iglesia declara que participó tan íntima y  profundamente  en la obra de la redención que le ha sido concedida  la resurrección final de la carne prometida a los justos.  Lo que para  nosotros es objeto  de esperanza para ella es reali-
dad experimentada.

María adherida a Cristo en fe y obediencia es dada por el Padre a su Hijo como madre  y compañe-
ra y por su voluntad se realiza en ella completa y plenamente la resurrección final.

Cristo obró la salvación integral del hombre. La realidad corporal recibe por los mismo un senti-
do nuevo. La muerte no es el fin de un proceso biológico simplemente,  sino  que por la  Resurrec- ción de Cristo, por la muerte entramos en la vida de Cristo Resucitado,  porque estamos invitados a participar del banquete que el Padre nos tiene preparado.

María por  lo tanto nos muestra lo que nos espera.  Una mujer emblema de  desprecio para nuestra cultura,  es asunta en cuerpo y alma,  significa esto que nuestra  corporeidad por  muy enferma que esté, está llamada a la transfiguración en el designio de Dios.

María es  para nosotros meta y signo de esperanza,  intuimos por el Apocalipsis  (la esposa, el ban-
quete) que la plenitud no será sólo espiritual y que la salvación no es una dimensión descarnada.
María nos está recordando el fin  último de nuestra vida y que hacer para alcanzarlo.  Peregrinan-
do en  comunión con Cristo,  participando del misterio del amor junto a nuestros hermanos,  esta-
mos llamados a ser ciudadanos del cielo.

La glorificación de su cuerpo da sentido al nuestro, nos invita a valorarlo en su dignidad como ex-
presión del espíritu, medio de comunicación con los hermanos y la realidad y habitación de la San
tísima Trinidad.  El olvido de esto nos conduce a una tendencia angelicista del cristianismo;  pero si lo exaltamos y abusamos del mismo haremos del cuerpo un ídolo,  un simple instrumento de sa-
tisfacción.

El cuerpo humano está  llamado a ser santo y participará de la resurrección final.  El cielo ya está habitado por los cuerpos gloriosos de Cristo y de María.
Si Cristo vive y se ha hecho carne en nosotros, estemos seguros de que María, Jesús y el Padre el día de nuestro paso a la Vida nos estarán esperando con los brazos abiertos.


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